Bienaventurados sean aquellos que son escuchados al salir a
la calle a gritar lo que sienten. Lo que pueden y quieren. A predicar, a hablar
de sus dioses, a vender remedios para las reumas o discos pirata en el metro,
porque ellos no serán condenados al averno del silencio.
Tal vez no tengan nada que decirte, tal vez no necesites lo
que gritan, pero tal vez si.
¡Aleluya! Porque sólo cuando se demuestra miedo, se deja a
la gente gritar sin ser arrestada. Mientras la gente grite de dolor, puede
acabarse la garganta pidiendo, suplicando.
Puede ser desde un: “10 pesos, le vale, 10 pesos le cuesta”,
hasta un “Maestro, aguanta, el pueblo se levanta”.
Que claman por piedad a los que nos tienen vendiéndonos y
rentándonos ambulantemente para pagar una renta, un cuaderno de la escuela,
unos zapatos, impuestos, gasolina, una orden de tacos de 3 por 10.
Y claro que gritar duele y cuando duele, uno grita. Y hay
algo que le duele a los arrepentidos: El presidente.
Pero que no se oiga que se le grita al presidente.
¡Arrepiéntanse! O el infierno será puesto en tierra, a manos
de policías que gritan sin gritar a golpes contra su propio pueblo: que también
tienen hambre, que ellos también tienen que sobrevivir. Qué ellos también
tienen miedo. Porque también les debe doler estar ahí, sin ser todo lo que
querían ser por no gritar aún con el dolor expuesto. Por no ser escuchados.
Y es así como todos somos pecadores. Tendríamos que
arrepentirnos de agredir a nuestro propio país, hasta cuando cruzas la calle,
te mientan la madre con el claxon y se la mientas de regreso.
Porque nos han fabricado una caja llena de fantasías que
sólo pueden pasar ahí: Televisa. Porque sólo ahí las jodidas se vuelven esposas
de flamantes millonarios, mientras las jodidas sueñan por horas en esas
inexistentes jodidas, en convertirse en ellas, sentadas frente a la televisión, 2, 3 ó 6 horas al día, en vez de salir a la calle y convertirse en estrellas.
Porque en una pantalla, cartelera o valla, te prometen
volverte guapo, sano, delgado, feliz, siempre y cuando dediques las horas que
no ves televisión en trabajar para todos aquellos que te hicieron esas promesas
y gastes tu sueldo en comprar sus mentiras.
Mientras tanto, los que no sienten dolor, no escuchan el
dolor. Los que realmente hacen su soberana voluntad, son los que ni siquiera
tienen que gritar. Simplemente arrasan
con lo que esté en su camino para conseguir su paraíso. Se lo beben, se lo comen, lo absorben todo y se vuelven más fuertes.
También hay quienes no siente dolor, pero también gritan.
Desafortunadamente son los menos, pues la creencia popular es que una cosa
cancela a la otra. ¿Pero que hay de la creencia personal?
Bienaventurados sean los que crean en si mismos, porque
entonces dejarán de sentir dolor y podrán creer lo que ellos quieran. Podrán
creer en algo más.
Bienaventurados sean los que se crean capaces de gritar,
porque no serán condenados al averno del silencio y del dolor.