sábado, 21 de septiembre de 2013

M: La Predicadora

Bienaventurados sean aquellos que son escuchados al salir a la calle a gritar lo que sienten. Lo que pueden y quieren. A predicar, a hablar de sus dioses, a vender remedios para las reumas o discos pirata en el metro, porque ellos no serán condenados al averno del silencio.

Tal vez no tengan nada que decirte, tal vez no necesites lo que gritan, pero tal vez si.

¡Aleluya! Porque sólo cuando se demuestra miedo, se deja a la gente gritar sin ser arrestada. Mientras la gente grite de dolor, puede acabarse la garganta pidiendo, suplicando.

Puede ser desde un: “10 pesos, le vale, 10 pesos le cuesta”, hasta un “Maestro, aguanta, el pueblo se levanta”.

Que claman por piedad a los que nos tienen vendiéndonos y rentándonos ambulantemente para pagar una renta, un cuaderno de la escuela, unos zapatos, impuestos, gasolina, una orden de tacos de 3 por 10.

Y claro que gritar duele y cuando duele, uno grita. Y hay algo que le duele a los arrepentidos: El presidente.

Pero que no se oiga que se le grita al presidente.

¡Arrepiéntanse! O el infierno será puesto en tierra, a manos de policías que gritan sin gritar a golpes contra su propio pueblo: que también tienen hambre, que ellos también tienen que sobrevivir. Qué ellos también tienen miedo. Porque también les debe doler estar ahí, sin ser todo lo que querían ser por no gritar aún con el dolor expuesto. Por no ser escuchados.

Y es así como todos somos pecadores. Tendríamos que arrepentirnos de agredir a nuestro propio país, hasta cuando cruzas la calle, te mientan la madre con el claxon y se la mientas de regreso.

Porque nos han fabricado una caja llena de fantasías que sólo pueden pasar ahí: Televisa. Porque sólo ahí las jodidas se vuelven esposas de flamantes millonarios, mientras las jodidas sueñan por horas en esas inexistentes jodidas, en convertirse en ellas, sentadas frente a la televisión, 2, 3 ó 6 horas al día, en vez de salir a la calle y convertirse en estrellas.

Porque en una pantalla, cartelera o valla, te prometen volverte guapo, sano, delgado, feliz, siempre y cuando dediques las horas que no ves televisión en trabajar para todos aquellos que te hicieron esas promesas y gastes tu sueldo en comprar sus mentiras.
                                       
Mientras tanto, los que no sienten dolor, no escuchan el dolor. Los que realmente hacen su soberana voluntad, son los que ni siquiera tienen que gritar.  Simplemente arrasan con lo que esté en su camino para conseguir su paraíso. Se lo beben, se lo comen, lo absorben todo y se vuelven más fuertes.

También hay quienes no siente dolor, pero también gritan. Desafortunadamente son los menos, pues la creencia popular es que una cosa cancela a la otra. ¿Pero que hay de la creencia personal?

Bienaventurados sean los que crean en si mismos, porque entonces dejarán de sentir dolor y podrán creer lo que ellos quieran. Podrán creer en algo más.

Bienaventurados sean los que se crean capaces de gritar, porque no serán condenados al averno del silencio y del dolor.


No hay comentarios:

Publicar un comentario