Qué bonito es el amor viajero, porque no tiene condiciones.
No tiene fronteras. Es difícil saber si realmente es de ahí o si viene de fuera
pero llego para quedarse. Tal vez sólo esté de paso. Tal vez sólo tenga un
cuento. Uno.
Y se acaba el cuento y sigue viajando. Pero ya te sabes una
historia nueva. Un cuento más que contar de amores viajeros.
Es tan noble, que convive entre tanta gente y tantos
momentos, que hasta la frontera del tiempo termina por convertirse en una línea
delgada, por la cuál únicamente hay que deslizarse hasta el descanso. Hasta la
sombra, hasta la noche.
Y es ahí cuando viene lo bonito del amor viajero, porque
cualquier pedazo de tierra es bueno para hacerlo.
Es cuando reposa, que se arraiga y se planta,
para también convertirse de ahí. Para dejar un poco de lo que trae y llevarse
un poco de lo que pueda.
Entonces continúa.
Y parece que entonces toma otras formas, otras caras y otros
colores, pero es fácil reconocerlo, porque está en casi todos lados, sólo que
cuando viajas, tienes que estar atento, y cuando se está atento, el amor
aparece en todos lados.
También hay veces que no cambia, simplemente se revela
diferente; siguen siendo las mismas formas y caras, pero los colores son otros.
Así pasa cuando se ama viajando. Y habrán veredas que sólo puedan ser recorridas una vez.
Entonces ese amor viajero lleva un regalo y un premio.
Pero no para. Porque el amor viajero sea alimenta del
camino; lo hace más sabio, más entero. Al menos cumple con la promesa de
regalar a cada segundo algo nuevo y eso ya lo aleja un segundo del temor de no
saber. Por eso el amor viajero no tiene miedo. Porque sabe que lo que viene,
siempre tendrá algo bueno que mostrarle.
Y así se pone de acuerdo, entre almas y amaneceres. Cuando se
viaja en bicicleta, al ritmo de las olas, al ritmo del amor. El amor viajero
también puede tener ritmo.
La cadencia no esta en la piernas, nace en la cadera. De donde nace todo. También el amor viajero.
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