viernes, 13 de septiembre de 2013

Madre Tiempo

Yo hice un pacto con ella. No sabía bien cómo, pero lo hice, porque sabía que era su día.

Por un momento pensé que era casualidad que mi Facebook me hubiera revelado a primera hora, qué  celebraban ese día las culturas originarias. Ese mismo día estaba yo en Chetumal, Quintana Roo, concluyendo lo que para mi fue la experiencia más enriquecedora de mi vida hasta ese momento: Un recorrido por el Golfo Mexicano en bicicleta. El pretexto, fue unirme a la Ruta Chichimeca; pero como todo lo que vale la pena en la vida, el resultado superó el objetivo.

A muchos nos gusta creer en las casualidades porque se emplean como paliativos, para aquellos que no soportamos en ocasiones, el abrumador encuentro de frente con la fortuna.

Y sin embargo, por casualidad o fortuna, ahí estaba yo, después de 23 días de viaje, del otro lado del país:

“Jueves 1 de agosto, 2013
Chetumal, Quintana Roo

Con la izquierda recibo y con la derecha doy ¿O cómo era?

Quiero dejar de pensar en esto, porque tengo el monedero en la mano izquierda. Entonces decido poner las dos manos en el piso y dejar el monedero cerca, pero a un lado.

11:11

Perfecto. Estoy sola, Luis se fue al museo. Hoy me entero que es el día de la Madre Tiempo. Pachamama.

Con el corazón sobre la foto de mi madre en bicicleta, mis amuletos de la suerte entre los senos, abajo, donde hay un hueco justo al final del esternón, en el que caben perfectamente y mi buff de colores bajo mi cabeza, que de vez en vez se convierte en mariposa de colores, me acuesto sobre el suelo del hotel. Lo más cerca que puede, pues. Al menos, estaba en planta baja.

Antes de cerrar lo ojos, lo último que veo es mi muñeca izquierda, de guerrerita jaguar. De Insolente.

Entonces le hablé. Me gusta poco hablar sola en voz alta, prefiero el silencio que me permite decir más cosas de las que hablar. Además, siento desperdicio de saliva.

A la hora en que las puertas se abren, para escuchar más y mejor lo que no se dice”

Le prometí, le agradecí, le pedí. Le supliqué que me dejara cumplir mis promesas.

Y desde el momento uno, sentí la fuerza como un obsequio presente, en cada momento y cada lugar.

Busqué un rincón, dónde depositar mis promesas, cómo un devolver, cómo un acto de fe… y lo encontré. Resultó ser un islote a las orillas de la ciudad, dónde termina un reinado y comienza otro: el del mar, el de la cadencia y la constancia de la ola. Ahí, dónde se erguía una construcción inerte y abandonada, la que pienso, tal vez estaba destinada a ser un centro de convenciones o tal vez un centro comercial; fui por la tarde, antes de partir. Antes de tomar un vuelo al inicio del verdadero arranque.

En una olla de barro, enterré todo mi pasado, para que se degrade; todos mis anhelos para que se arraiguen y mis batallas para que florezcan.  Ahí, a la orilla del mar de Chetumal.

Desde ese día, llevo conmigo una liga roja en mi pierna derecha, porque es su color y el mío.


Las respuestas, empezaron a florecer de inmediato. La madre nunca abandona.

No hay comentarios:

Publicar un comentario